En un mundo que nos enseña el empoderamiento como el camino al éxito, donde la frase «tú puedes» se escucha en cada rincón, la autosuficiencia viste a muchos y la independencia parece ser perseguida. Cada día, las personas siguen un supuesto triunfo que les venda los ojos hacia lo verdadero y perdurable, hacia lo eterno.
Encontrarse con la rendición parece ser un fracaso. Pensar en la carencia de poder, conocimiento y fuerza es cosa de débiles. Experimentar la insuficiencia es sinónimo de pérdida de control y poder. Negarse a vestirse de vanidades, siguiendo lo esencial, puede parecer propio de perdedores.
Sin embargo, la rendición absoluta es el único medio por el cual podemos descubrirnos siendo quienes realmente somos, aquello para lo que hemos sido soñados en el corazón de Dios cuando formó el cielo y la tierra. Experimentar la absoluta felicidad está relacionado con estar unidos de corazón a corazón con nuestro Padre, como una madre que está unida a su bebé por el cordón umbilical. En total dependencia, el bebé espera los nutrientes necesarios para crecer y desarrollarse. Así nosotros: ni somos capaces ni sabemos nada de la verdad estando separados de Dios.
Las fuerzas radican en lo que recibimos a través de ese cordón umbilical que nos comunica con el cielo, con la fuente de todo conocimiento, con una libertad que no te exige ir tras vanidades, sino que te despoja de ellas, dejándote liviano para correr, saltar y brillar.
Necesitas prioritariamente estar conectado por ese cordón umbilical, no con réplicas del mismo que parecen nutrirte, pero te dejan desnutrido y deshidratado. Necesitas ir a Aquel que sí puede saciarte y alimentarte.
Piensa en un área en la que aún creas, aunque sea en lo más profundo de tu ser, que puedes vivir sin Dios. Esa área es tu dios, la fuente de tu seguridad, y cualquiera que sea, no durará toda la vida: se irá, te desilusionará, no cumplirá con tus expectativas y se esfumará con el tiempo. Esa área es la que te separa de la consciente y desesperada necesidad de Dios, de Jesús.
La desesperación es una palabra que puede asustar. Pensamos en ella como un estado de angustia, y es cierto, pero también es el punto al que llegamos antes del arrepentimiento; ese que nos da un giro de 180 grados, nos sacude de toda superioridad y orgullo, y da paso a la verdadera victoria: aquella que no depende de ti ni de tus supuestas e ilimitadas fuerzas, sino de las de Jesús.
Como una ciudad arrollada por un gran tsunami, piensas que lo has perdido todo cuando Él viene y te visita con su gran poder. Pero, después de la pérdida, comienzas a ver cómo Él coloca cada pieza en su lugar. Cada parte de ti vuelve a donde debió estar y lo que se perdió en el camino es restaurado. Eres limpiado de esas estructuras que un día te dieron identidad, pero nunca te saciaron, y el gran edificador comienza a construirlo todo como Él lo pensó.
Es absolutamente necesario llegar a la desesperación, reconociendo que todos esos dioses te han fallado, que no te llenan sino que te vacían, que no te hacen libre sino esclavo. Aunque parezcan buenos, son como un plato que aparentemente deslumbra, pero dura muy poco, y luego necesitas otro más.
Un trabajo es algo temporal, y aunque quieras pensar que eres feliz convirtiéndote en una máquina hacedora, no naciste para eso. El cordón umbilical de tu conexión con tu verdadero amor te llama mientras vas corriendo por un mundo lleno de prisas, para que no lo mires ni lo consideres.
Una relación con un ser humano nunca reemplazará este amor, porque si todos los seres humanos fallamos, Jesús nunca lo hará. Los viajes duran aproximadamente un mes y, aunque intentes viajar para escapar, te encontrarás de vuelta con tu vacío interior y con una sensación de desconexión contigo mismo.
El ocio, las redes sociales, las compras, los amigos y el deporte forman parte de la vida, pero nunca podrán reemplazar el lugar de Dios si en verdad deseas ser realmente feliz. No se trata de la felicidad de una noche de copas ni de las risas de amistades falsas, sino del gozo permanente, aun en los días grises y de tempestad: ese gozo que no radica en ti, sino en el poder soberano de Aquel que puede con todo.
Necesitas desesperadamente de Dios. Aunque lo niegues o te escondas, tu interior grita por recuperar esa conexión irremplazable que lo llena todo en todo.
Daniela Díaz Triana
